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Sólo la idea de un arma de fuego puede tener consecuencias devastadoras. La semana pasada, Ana María* contó su historia a Martha Lucía, una abogada de Asopropaz (una organización que asiste a las víctimas de la violencia doméstica), mientras yo escuchaba. Su experiencia ilustra los vínculos entre la violencia doméstica, la vulnerabilidad económica, el fácil acceso a las armas de fuego y las creencias culturales que definen a la mujer como propiedad.

“He vivido con él por 8 años”, comenzó. “Nunca fui a la policía porque él siempre me prometió que no lo haría otra vez.” Los dos hijos que tuvieron tienen 14 meses uno, y 6 años el otro, pero su hija de 14 años, que tuvo en otra relación, tuvo que irse porque él la golpeaba y abusaba sexualmente.

Mientras ella contaba su historia, su bebita corría por la oficina, sonriendo. Ana María volteaba constanmente a verla. “La semana pasada mi bebé se enfermó y yo pasé la noche con ella en el hospital. Cuando regresamos a casa, él estaba molesto porque no había comida preparada para él. Me golpeó, y sólo se detuvo porque los niños comenzaron a llorar, pero generalmente nada lo detiene. Luego le dije ‘o yo me voy o tú te tienes que ir’. Cuando dije eso, me violó, me golpeó y me dijo que yo tenía que quedarme con él porque yo era su mujer y le pertenezco”.

Cuando le pregunté sobre armas de fuego Ana María negó con la cabeza y dijo que él nunca había tenido una pistola ni había usado una en contra de ella. Le pregunté si él tenía acceso a un arma. “Sí, seguro”, respondió sin dudar. “Él me ha amenazado varias veces, diciéndome que puede conseguir una sin problema porque todos sus amigos tienen – él es un taxista. Él dice que puede conseguir una y matarme, que no le costaría ni un centavo”. Le pregunté si sus hijos saben sobre la posibilidad de que su padre consiga un arma fácilmente. “Claro”, respondió. ”Ellos viven con miedo hacia él también”.

Cuando finalmente reportó el crimen le solicitaron que presentara pruebas. Ella no tenía ninguna, así que el fiscal hizo una cita con ambos. Para su desgracia, su marido negó todo y hasta la acusó de ser violenta. Luego, la cargó en contra de ella. No hay escondites acá. Las víctimas de violencia doméstica son aconsejadas a vivir con la familia hasta que consigan otro lugar donde vivir. “Yo no tengo ningún lugar a donde ir. Mi madre no tiene ningún cuarto. Dormiríamos todos en el piso, y él nos podría encontrar allí. Él sabe donde estaríamos. Podría entrar y hacernos daño, o matarnos”.

Ana María casi no llega a su cita con Martha Lucía porque no tenía suficiente dinero para llegar. No trabaja y su marido la mantiene encerrada la mayoría del tiempo. Ha tenido trabajos en el pasado, pero tuvo que renunciar o fue despedida por llegar tarde y sintiéndose débil y cubierta de moretones o heridas. Algunas veces ni siquiera llegaba. Nunca ha tenido la oportunidad de estudiar, y cuando intentó tomar cursos en la universidad, él no la dejó porque “es muy celoso”.

El marido de Ana María cree que tiene el derecho de tratarla como si fuera su propiedad privada. Debido a que depende económicamente de él y cree que podría conseguir un arma fácilmente, ella no puede pensar en un lugar a donde ir y está demasiado asustada para pedir ayuda – es un círculo vicioso de subyugación, violencia, pobreza y miedo. Fue la hermana de Ana María quien finalmente llamó a Martha Lucía para hacer una cita para ella. Miles de mujeres como ella ni siquiera tienen la posibilidad de esta salida.

* Nombre ficticio por su seguridad.

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